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Desafíos y retos de las mujeres rurales
Lunes, 09 de Abril de 2018 11:39

Marzo de 2018

Equipo La Red V

 


En América Latina y el Caribe viven 58 millones de mujeres rurales (FAO, 2017.), constituido por una enorme diversidad en cuanto a su identidad, formas de vida, organización social y actividades que desarrollan. Se trata de mujeres indígenas, afrodescendientes, campesinas, pescadoras, recolectoras; mujeres que trabajan por cuenta ajena en el sector agrícola o en otros sectores de la economía, que gestionan sus propios negocios; mujeres que son madres y mujeres que no lo son, mujeres jóvenes y mujeres adultas mayores, así como mujeres con orientaciones sexuales e identidades de género diversas.

Cada una de esas mujeres vive la ruralidad de manera diferente y se enfrenta a desafíos de muy distinta índole, así como a distintas formas de discriminación. Pero en su mayoría comparten problemas comunes, tales como la sobrecarga de trabajo doméstico y de cuidados, la invisibilidad de su aporte productivo, el bajo acceso a los medios de producción, el trabajo decente y los sistemas de protección social. Muchas de ellas se enfrentan además a situaciones de pobreza extrema y de violencia, así como a una ausencia histórica de derechos, especialmente entre quienes pertenecen a pueblos indígenas y afrodescendientes.

Las mujeres rurales son y han sido partícipes en el desarrollo en América Latina y el Caribe. Sin embargo, han permanecido excluidas como sujetos de derechos políticos y sociales en sociedades marcadamente centralistas y patriarcales. En las últimas décadas muchas mujeres indígenas y campesinas han visto empeorar su situación con el acaparamiento de tierras, la deforestación, la expansión de actividades extractivas y la privatización de los bienes naturales.

En pleno siglo XXI persiste en la región una estratificación social étnica y racial, donde amplios segmentos de los grupos mayoritarios de población –indígena, mestiza y afrodescendiente– se encuentran dominados por una minoría occidentalizada ubicada en los estratos de poder (Peredo, 2004). Esta división social muestra la continuidad del sistema colonial que se impuso en el continente hace más de cinco siglos y que se ha perpetuado por las élites modernas.

Las mujeres que viven en las áreas rurales realizan una importantísima contribución al desarrollo y la seguridad alimentaria, asumiendo funciones productivas, reproductivas y sociales en una triple jornada de trabajo que en su mayoría no está remunerado y es escasamente valorado. Pese a su papel clave en la economía y el bienestar de sus comunidades, enfrentan más obstáculos que los hombres para acceder a los recursos productivos fundamentales, sufren discriminación salarial en los mercados de trabajo y suelen trabajar sin remuneración en las granjas y negocios familiares.

Al mismo tiempo, las mujeres rurales han adquirido un protagonismo creciente en la defensa de sus territorios y bienes naturales, en el mantenimiento social, económico y cultural de las comunidades locales y en la transmisión del conocimiento. Aunque ha sido reciente su reconocimiento como sujetas de derechos y ciudadanas plenas, se han producido avances muy importantes. Se ha destacado por diversos organismos multilaterales, la relevancia de asuntos como la feminización de la agricultura o el importante papel que desempeñan las mujeres rurales en la seguridad alimentaria y la construcción de resiliencia frente al cambio climático y sus consecuencias como la sequía, las inundaciones y la deforestación.

Todos los países de la región se comprometieron en 2015 a reducir la pobreza y la desigualdad y a no dejar a nadie atrás al suscribir en 2015 la Agenda 2030 para el Desarrollo Sostenible que incluye 17 objetivos de desarrollo sostenible (ODS) y sus correspondientes metas. En ella se reconoce la centralidad de la igualdad de género y el empoderamiento  de las mujeres para avanzar hacia el desarrollo sostenible, pero además vincula el empoderamiento de las mujeres y las niñas rurales con otros objetivos y metas, tales como el de poner fin a la pobreza en todas sus formas (ODS 1); poner fin al hambre, lograr la seguridad alimentaria y la mejora de la nutrición y promover la agricultura sostenible (ODS 2); promover el crecimiento económico sostenido, inclusivo y sostenible, el empleo pleno y productivo y el trabajo decente para todos (ODS 8); y adoptar medidas urgentes para combatir el cambio climático y sus efectos (ODS 13).

Para el reconocimiento y restablecimiento pleno de los derechos de las mujeres rurales en el marco de la Agenda 2030, es preciso retomar los tratados internacionales, tales como la Convención sobre la Eliminación de Todas las Formas de Discriminación contra la Mujer (CEDAW) como único que dedica un artículo específicamente a la situación de las mujeres rurales (el Artículo 14). En él se reconoce su contribución a la reducción de la pobreza y la seguridad alimentaria y nutricional, y se exhorta a los Estados Miembros a adoptar las medidas necesarias para que se respeten y refuercen sus derechos de acceso a recursos productivos y su participación en las decisiones.

Así mismo, la Declaración de Beijing y su Plataforma de Acción, la cual en una revisión de su aplicación 20 años después (ECOSOC, 2014) atrajo una atención renovada sobre la situación de las mujeres y las niñas rurales y sobre la necesidad de acelerar el cierre de la brecha de género rural.

Un documento de la mayor importancia es la Estrategia de Montevideo (CEPAL, 2016a), que reconoce a las mujeres como sujetos de derecho y a los Estados como garantes, entre otros, de los derechos económicos, sociales y culturales con relación a la inserción productiva, el trabajo y el control de los recursos y el derecho a la tierra.

Por otro lado, la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (CELAC) ha expresado su compromiso con la igualdad de género en el ámbito rural en la Declaración de Brasilia de la Conferencia sobre la mujer del medio rural en América Latina y el Caribe, celebrada en 2014.

Diversos convenios de la Organización Internacional del Trabajo (OIT) hacen referencia a los derechos de las trabajadoras agrícolas y rurales, destacando disposiciones sobre las organizaciones de trabajadoras rurales (1975), sobre inspección del trabajo en agricultura (1969) y sobre Pueblos Indígenas y Tribales (1989).

Pese a estos esfuerzos en el reconocimiento de derechos y a los avances en el plano legislativo, las brechas entre mujeres y hombres persisten profundamente arraigadas en las sociedades rurales. En la práctica, las mujeres rurales –y muy especialmente las mujeres indígenas y afrodescendientes– enfrentan importantes obstáculos para el ejercicio de sus derechos y son discriminadas en el acceso a ingresos y activos productivos, así como en la toma de decisiones. Su contribución al desarrollo apenas se reconoce, y sus necesidades y prioridades no son lo suficientemente abordadas en el diseño de leyes, políticas de desarrollo y estrategias de inversión.

 
Cuestión de desigualdad, no de capacidades intelectuales.
Domingo, 11 de Marzo de 2018 20:12

Febrero de 2018

Equipo La Red Va

 

El pasado 11 de febrero se conmemoró el “Día Internacional de la Mujer y la Niña en la Ciencia”, esta celebración se establece como una estrategia que busca visibilizar la brecha existente en el acceso y desempeño profesional de mujeres y niñas en áreas como la ciencia y la tecnología. Según datos del Instituto de Estadística de la UNESCO, existe una discriminación sistemática en estas áreas del conocimiento hacia las mujeres, evidenciando que menos del 30% ocupa puestos de relevancia en temas de investigación y desarrollo científico.

Es necesario destacar que el acceso y consolidación en la ciencia de mujeres y niñas está mediada por barreras de orden cultural, económicas y sociales. Mujeres y niñas deben hacer frente a las creencias y estereotipos que se establecen en los distintos ámbitos de la vida cotidiana, esto implica enfrentarse a dificultades que surgen en el hogar, la escuela, el desarrollo profesional y laboral, solo por la condición de ser mujer.

En tal sentido, para las mujeres en todo el mundo no es suficiente con lograr obtener los títulos universitarios que acreditan su nivel intelectual y desempeño  académico sino que las barreras frente al género logran excluirlas, y esta situación suele ser más difícil para mujeres en países en desarrollo.

Gran parte del problema de la desmotivación científica en las niñas se encuentra en el ámbito escolar, ya que aún persiste la creencia machista que asegura que las niñas son intelectualmente inferiores para desempeñarse de forma apropiada en materias como las matemáticas o realizar tareas asociadas a las ciencias puras. Esto evidentemente,  se constituye en un ambiente inapropiado para el aprendizaje, pues no logran sentirse cómodas en dichos espacios, se sienten aisladas y subestimadas, lo cual interfiere negativamente en su formación.

A nivel profesional, las mujeres que a pesar de las dificultades logran culminar una carrera dentro de estas áreas, durante el desarrollo  y consolidación de su carrera laboral además de sortear las barreras de exclusión de género se enfrentan a otras limitaciones, pues  la mujer es considerada menos competente, y existe un sesgo en el reconocimiento de los méritos alcanzados, sus logros son invisibilizados y persiste una gran brecha salarial respecto a sus colegas del sexo opuesto.

En términos de desarrollo profesional y calidad de vida, las mujeres deben enfrentar la decisión conseguir crecimiento profesional  o establecer vínculos  familiares. Según Diana Maffía doctora en filosofía e investigadora del Instituto Interdisciplinario de Estudios de Género de la UBA y fundadora de la Red Argentina de Género, Ciencia y Tecnología, señala que un 75% de las mujeres investigadoras tienden a permanecer solteras. Si tenemos en cuenta  que la fase de ascenso en la carrera científica con frecuencia coincide con los años de maternidad, se presenta un difícil dilema entre cumplir con las expectativas de crecimiento profesional o enfocarse en relaciones personales a largo plazo, esto se evidencia en que las mujeres tienen menos probabilidad de ser promovidas si deciden tener hijos.

En la REPEM como mujeres preocupadas por la equidad en el acceso a la educación es imperativo gestar una revolución cultural en nuestra sociedad y desvirtuar los estereotipos de género respecto a las capacidades de desempeño en ciertas áreas del conocimiento perfiladas como “carreras para hombres”, persuadiendo a la eliminación de concepciones erradas que limitan la participación plena de las niñas y las mujeres en disciplinas académicas como la ciencia, tecnología, ingeniería y matemáticas. Como educadoras populares es pertinente  romper definitivamente con los estereotipos y permitirles a niños y niñas desarrollar su interés por la investigación científica sin importar su género.